Abstract
Este ensayo explora el cultivo doméstico de hongos como práctica filosófica que cuestiona los fundamentos ontológicos de la modernidad. A través del marco conceptual del «pensamiento miceliar», se analiza cómo esta actividad nos revela modalidades alternativas de habitar el mundo, basadas en la interdependencia, la paciencia y la ética del cuidado.
Introducción: El Giro Fungal
En lo profundo de la vida urbana, entre la prisa y el cemento, emerge una práctica silenciosa que porta en su sencillez una profunda interrogación filosófica. El cultivo de hongos, lejos de ser una mera técnica productiva, se revela como un ejercicio de desaprendizaje de los paradigmas modernos que han configurado nuestra relación con lo vivo. Al introducirnos en la lógica temporal y relacional del reino fungi, esta práctica nos obliga a repensar conceptos fundamentales como autonomía, soberanía, apoyo mutuo, colectividad, progreso y dominio.
I. La Crítica del Tiempo Lineal
El micelio enseña mediante su propio crecimiento una temporalidad radicalmente otra. Frente a la narrativa del progreso como acumulación y aceleración ese tiempo vectorial que define la modernidad tardía el hongo nos muestra una temporalidad rizomática, paciente, circular. Su desarrollo no obedece a la lógica del crecimiento infinito, sino a los ritmos oscilantes de la vida orgánica: expansión, consolidación, latencia.
En la espera necesaria para la colonización del sustrato, en la atención diaria a la humedad y la temperatura, el cultivador experimenta lo que podría llamarse una «temporalidad del cuidado». Esta experiencia contrasta violentamente con la instantaneidad del consumo contemporáneo, revelando que todo aquello que merece la pena en la vida las relaciones, el conocimiento, el alimento requiere su tiempo propio, un tiempo que no puede ser acelerado sin traicionar su esencia.
II. La Agencia de lo No-Humano
Cultivar hongos es experimentar de manera tangible lo que la filosofía posthumanista denomina «agencia distribuidas». El cultivador no es un sujeto soberano que impone su voluntad sobre una naturaleza pasiva, sino un participante en una red de relaciones donde humanos y no-humanos ejercen agencia mutuamente constitutiva. El micelio decide cuándo fructificar, qué dirección tomar, cómo responder a las condiciones ambientales.
Esta experiencia desmonta el antropocentrismo que ha caracterizado a la modernidad occidental. Nos enfrenta a la evidencia de que habitamos un mundo «más que humano» donde nuestra capacidad de acción está siempre entrelazada con, y limitada por, las agencias de otros seres. El cultivo se convierte así en una escuela de humildad ontológica.
III. Epistemología de la Humildad
Frente al ideal moderno de un conocimiento abstracto, universal y controlador, el cultivo de hongos nos devuelve a un saber encarnado, situado y negociado. Es un conocimiento que se adquiere no mediante la lectura de tratados, sino a través de la atención sensible a los signos del sustrato, los olores, las texturas, los colores.
Este saber práctico -una verdadera phronesis micóloga- se construye mediante el ensayo y error, el diálogo constante con lo vivo, el reconocimiento de los límites de nuestra comprensión. Es un conocimiento que no aspira al dominio, sino a la colaboración; que no busca transparentar lo real, sino aprender a habitar sus opacidades.
IV. Hacia una Ética del Cuidado Compost
La práctica del cultivo fungicida encarna lo que la filósofa María Puig de la Bellacasa denomina «éticas del cuidado». Lejos de la moral abstracta, se trata de una atención concreta y material a las condiciones que hacen posible la vida. Regar, ventilar, observar: gestos aparentemente menores que, sin embargo, sostienen todo el proceso.
Esta ética se extiende más allá de los hongos mismos hacia los sustratos -restos agrícolas, desechos urbanos- que se transforman de «basura» en recurso. En este gesto se cifra una economía alternativa a la lógica del descarte: una economía del compost, donde nada se pierde y todo se transforma, donde los ciclos de muerte y vida se entrelazan inextricablemente.
V. El Hongo como Figura de la Resistencia
En un mundo dominado por la lógica extractivista, cultivar hongos se convierte en un acto de resistencia micropolítica. Cada seta que brota es un testimonio tangible de que otros modos de producción son posibles: descentralizados, slow, basados en la reciprocidad antes que en la acumulación.
Pero la resistencia es también de orden existencial: resistir a la desconexión sensorial, a la urgencia perpetua, a la ilusión de autosuficiencia. Los hongos, con su red miceliar subterránea, nos recuerdan que la verdadera fuerza reside no en la individualidad aislada, sino en las conexiones que tejemos, en los apoyos mutuos, en la colaboración entre especies.
Conclusión: Aprendiendo a Habitar con los Hongos
El cultivo doméstico de hongos nos ofrece mucho más que alimento: nos ofrece una educación sentimental y filosófica para el Antropoceno. A través de esta práctica aprendemos a habitar el mundo de otra manera: con mayor atención, mayor paciencia, mayor humildad. Aprendemos que nuestra tarea no es dominar la naturaleza, sino aprender a conversar con ella; no imponer nuestros tiempos, sino sintonizar con los ritmos del mundo.
En última instancia, los hongos nos enseñan que otro mundo no solo es posible, sino que ya está creciendo -silencioso, paciente, subterráneo- en los intersticios del orden actual. Nuestra tarea quizás sea simplemente aprender a verlo, a cuidarlo, a dejarnos transformar por él.
